sábado, 16 de mayo de 2020

Nueva ilustración de La Vara de Argoroth: Laurelinad

Nueva ilustración de la saga Leyendas de Erodhar: el aprendiz de mago Laurelinad en una de las escenas más importantes del primer libro. El dibujo es obra de Ricardo Muñoz.

Los vientos de guerra asolan Erodhar y amenazan con aniquilar a todo ser vivo. Valiant y sus amigos deben encontrar la forma de evitarlo. Para ello, vivirán multitud de aventuras y se enfrentarán a monstruos y tiranos. El destino de hombres, elfos, orcos y enanos está en juego. No esperes más, ¡vive la leyenda!

Leyendas de Erodhar está disponible gratis en KindleUnlimited:


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Fragmento del libro en el que se basa la ilustración:

[...] Todo pasó muy deprisa. A la orden de su capitán, ballesteros y arqueros dispararon al tiempo que otros soldados tiraban sus lanzas. Valiant no pudo hacer nada salvo observar el vuelo de los proyectiles con el corazón encogido de miedo. Laurelinad alzó su vara, que emitió un resplandor carmesí, y un escudo de energía apareció alrededor del grupo; una cúpula añil que resistió el choque de flechas y picas, convirtiéndolas en astillas. De no ser por la intervención milagrosa del aprendiz de mago, habrían muerto todos acribillados.
 —¡Malditos bastardos! —gritó Trianna enfurecida—. ¡Cobardes! ¡Valéis menos que una cagarruta de cabra!
   Desde el interior de la cúpula, Galadoriel y Elhendor dirigieron sus arcos hacia las atalayas y dispararon. Sus flechas no hallaron resistencia, atravesaron la barrera protectora y abatieron a los dos centinelas, que se precipitaron al suelo nevado.
   Los enemigos miraban atónitos la cúpula, no sabían cómo actuar.
   —¡Idiotas! ¡¿Qué hacéis?! —bramó enfurecido el comandante Arturo—. ¡Volved a disparar!
   Una segunda tanda rebotó en el escudo mágico, que perdió un poco de brillo.
  —¡Otra vez! ¡Fuego a discreción! ¡Disparad hasta que se desvanezca!
   Descarga tras descarga, las saetas explotaban en mil pedazos. Elhendor y Galadoriel respondían con disparos certeros que mataban a los enemigos de dos en dos, pero eran demasiados y la cúpula perdía color por momentos, volviéndose cada vez más translúcida.
   —No aguantará mucho más —musitó Valiant preocupado, viendo el rostro crispado y empapado en sudor del joven mago. El gran esfuerzo que requería mantener el hechizo le estaba pasando factura.
  Una flecha encontró un agujero y pasó rozando el hombro de Nimue. La serafín alzó la espada y se agachó.
   —No podemos permanecer aquí, ¡hay que hacer algo!
  —Pues luchemos —gruñó Galathor, enarbolando su martillo con ambas manos—. Enviemos al infierno a tantos como podamos.
   Sir William alzó su espada y gritó:
   —¡Todos a mí! ¡Preparaos para cargar!
   Formaron una fila a toda prisa, dejando al caballero en el centro.
  —¡Esperad! —exclamó Laurelinad. Sus ojos se habían encendido, emitían un extraño fulgor dorado. Apretando los dientes, pronunció unas palabras inaudibles y la barrera mágica se convirtió en un remolino de fuego. Los adversarios se sobresaltaron y retrocedieron asustados ante aquel espectáculo lumínico.
 —¡No paréis ahora! ¡Seguid disparando, mendrugos! —chilló Arturo—. ¡Matad al maldito mago!
   Mientras el enemigo cargaba arcos y ballestas, Laurelinad emitió un gritó de rabia y, con un último esfuerzo, proyectó el anillo de fuego, que barrió el campamento en todas las direcciones como si se tratase de la onda expansiva provocada por el choque de un meteorito. Decenas de soldados fueron quemados vivos, sus aullidos de dolor y desesperación resonaron más allá de la empalizada.
   Tras el caos, un silencio desgarrador se adueñó del campamento. Casi todas las tiendas de campaña se habían convertido en hogueras y la tierra negra estaba salpicada de cadáveres calcinados. [...]

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